(PD BLOG)- Es divino ir a la peluquería para que te consientan, te escuchen los problemas, te masajeen el pelo, te lo hidraten, te ofrezcan té, ponquecitos, café, fruta y hasta bebidas espirituosas.
Especialmente si sentías que necesitabas un cambio, salir de la peluquería es una experiencia casi religiosa, donde nos sentimos como estrellas de cine y aprovechamos cualquier brisita para batir el pelo hacia un lado.
El problema está cuando algo terrible pasa en el momento que te sentaste en la silla y la estilista ¡cortó de más!
Pero todo empieza cuando llegamos, sintiéndonos todas divinas porque hoy es el día que me haré el corte que llevo semanas queriendo:
Cuando te sientas en la silla y empiezas a escuchar las tijeras y a ver el pelo caer:
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Lo que esperas ver cuando voltean la silla:
Lo que, de hecho, ves cuando voltean la silla:
Tu reacción después de verte en el espejo:
“No, esa no soy yo. Así no es mi pelo. Me rehúso a irme de aquí así”
Cuando confrontas a la estilista:
Lo que sabes que está a punto de pasar:
Y como no te queda otra opción, sino irte de la peluquería, te preparas para salir:
Y en lo que llegas a la casa…








